CREO QUE PUEDO TENER UNA ENFERMEDAD DE TRANSMISIÓN SEXUAL, ¿QUÉ DEBO HACER?

Según cifras de la Organización Mundial de la Salud*, cada día más de un millón de personas contraen una de las que antes se conocían como enfermedades de transmisión sexual. La mayoría de los casos son asintomáticos, lo cual es una buena noticia para quiénes las padecen, pero no tanto para quién tiene relaciones sexuales con ellos. Si no hay síntomas es mucho más difícil detectar la infección, por lo que esta puede seguir extendiéndose de forma silenciosa.

Es de vital importancia tomar medidas preventivas, como el uso del preservativo o la vacuna del virus del papiloma humano. Esta última, además, no solo ayuda a prevenir la propia infección, ya que este virus puede promover la aparición de determinados tipos de cáncer, como el de cuello de útero.

El problema es que por desconocimiento, por falta de recursos o por simple desinterés no siempre se toman las medidas adecuadas. A veces también hay accidentes por los que estas no funcionan adecuadamente. Es ahí donde entra en juego la necesidad de obtener un diagnóstico rápido, ya que detectar estas infecciones cuanto antes es esencial, tanto para la salud de los pacientes como para cortar posibles cadenas de transmisión. Y para ello hay cada vez más medidas disponibles. En este texto veremos algunas de ellas, pero empecemos por el principio.

CREO QUE PUEDO TENER UNA ENFERMEDAD DE TRANSMISIÓN SEXUAL, ¿QUÉ DEBO HACER? Lorgen Granada

¿Qué son las enfermedades de transmisión sexual?

Antes de hablar de enfermedades de transmisión sexual (ETS) deberíamos tener en cuenta que este es un término obsoleto. Hace años que pasaron a llamarse infecciones de transmisión sexual (ITS) por un sencillo motivo. Y es que en muchos casos, aunque hay infección, no llegan a desarrollarse síntomas, de modo que el paciente no enferma. Aun así, en muchos ámbitos se las sigue conociendo como ETSs.

 

Pero con el nombre antiguo o el nuevo vienen siendo lo mismo. Se trata de aquellas infecciones que se transmiten casi exclusivamente durante las relaciones sexuales. Ese “casi” es importante, ya que puede haber excepciones. Por ejemplo, sabemos que algunos patógenos, como el VIH, pueden transmitirse por el uso de jeringuillas contaminadas. También hay enfermedades que pueden transmitirse durante una relación sexual, pero que tienen otras muchas vías de contagio. La propia COVID-19 podría transmitirse durante una relación sexual por el contacto cercano, pero en realidad no tendría nada que ver con el intercambio de fluidos ni el contacto con los genitales, por lo que no podríamos considerarla una infección de transmisión sexual.

 

¿Cuándo debería hacerme pruebas?

La mejor forma de evitar una infección de transmisión sexual es la prevención. Es importante destacar que existen muchos métodos anticonceptivos, pero que solo el preservativo previene las ITS. Además, es necesario inmunizarse frente a todas aquellas para las que exista vacuna.

En este punto es especialmente destacable el virus del papiloma humano (VPH), cuya vacuna en España está cubierta por la Sanidad Pública para todas las niñas. El problema es que los niños, aunque no puedan contraer cáncer de cuello de útero, se convierten en portadores, por lo que es aconsejable que también se vacunen. Además, los hombres pueden contraer otros cánceres asociados al virus, como el de garganta.

En definitiva, toda precaución es poca. Pero a veces hay accidentes o simplemente se mantienen relaciones sexuales sin protección, sea cual sea el motivo. Es importante tener en cuenta que al hablar de prácticas sexuales no se hace referencia solo a la penetración. El sexo oral o incluso prácticamente cualquier frotamiento pueden ser susceptibles de contagio de muchas infecciones de transmisión sexual.

Ahí, cuando sabemos que hemos tenido una práctica de riesgo, es cuando debemos plantearnos realizarnos las pruebas pertinentes. Esto puede hacerse con o sin síntomas, ya que existen técnicas muy precisas, capaces de detectar el agente infeccioso incluso antes de que estos aparezcan.

 

El papel de la PCR

Tradicionalmente las pruebas de diagnóstico de infecciones de transmisión sexual se basaban en la detección de anticuerpos frente al patógeno en cuestión.

El único problema es que este tipo de pruebas, aun siendo muy precisas, retrasan el diagnóstico. Y es que muchos de estos patógenos ya pueden contagiarse incluso antes de que se desarrollen síntomas y también antes de que el organismo haya iniciado esa respuesta defensiva detectable a través de los anticuerpos.

Aquí entra en escena la reacción en cadena de la polimerasa (PCR por sus siglas en inglés), realizada en Lorgen para detectar infecciones de transmisión sexual. Durante la pandemia de COVID-19 hemos visto de sobra lo útil que es esta técnica para detectar una infección en sus etapas más tempranas. Pero, ojo, hacer una PCR no es meter un hisopo en la nariz. Esa es solo la toma de muestra para un virus cuya principal vía de entrada es la respiratoria. Por eso, para el SARS-CoV-2 se realiza el hisopado nasofaríngeo.

En el caso de las infecciones de transmisión sexual pueden tomarse muestras de sangre o realizar un hisopado genital para aquellas enfermedades causantes de ulceraciones. Pero sea cual sea la forma en la que se toma la muestra, la PCR es lo que viene después.

Estas muestras tendrán células del paciente, que podrían estar infectadas por virus y, por lo tanto, contener material genético del mismo. En caso de que la enfermedad sea bacteriana o por hongos, habrá también células del propio patógeno. Sea cual sea el caso, el primer paso es extraer el material genético. Si es ADN se usa directamente, si es ARN se convierte en ADN mediante un paso previo.

Por otro lado, ya que queremos saber si la muestra contiene el patógeno en cuestión, debemos conocer un fragmento de material genético muy específico, que no se encuentre en otros organismos. Es como si cogiésemos un libro y nos quedásemos con una frase muy concreta que sepamos que no estará en ningún otro.

Después se sintetiza un trocito de ADN, llamado primer, capaz de unirse a ese fragmento que buscamos y se pone en contacto con la muestra. Si se produce la unión, se indica a una proteína llamada ADN polimerasa que empiece a actuar como una fotocopiadora molecular, sacando copias de esa muestra de material genético que teníamos inicialmente. Puesto que estas se unen a un compuesto capaz de emitir fluorescencia, si detectamos fluorescencia sabremos que se han empezado a sacar copias y que, por lo tanto, el resultado es positivo.  Esto ocurre de una forma muy precisa, con niveles muy bajos de material genético del patógeno, por lo que se puede detectar una infección de transmisión sexual muy poco después de que se produzca.

 

¿Y si ya ha pasado un tiempo?

Por supuesto, si se sospecha que la infección tuvo lugar hace tiempo ya no podremos hacer PCR. Ahí sí que deberemos detectar anticuerpos. Esto se hace generalmente mediante un ensayo de inmunoabsorción ligado a enzimas (ELISA por sus siglas en inglés). Al igual que con el SARS-CoV-2, se buscan generalmente dos tipos de anticuerpos, la IgM, que indica una infección reciente, o la IgG, que indica que esta tuvo lugar hace tiempo.

En definitiva, todo depende de factores como el momento de la práctica de riesgo, en caso de que la haya, o la presencia de síntomas. Será un especialista el que decida cuál es la técnica más apropiada, siempre con el objetivo de detectar cuanto antes la enfermedad y comenzar a tomar las medidas pertinentes. Porque el tiempo es oro, sobre todo cuando hablamos de infecciones de transmisión sexual.

Autor: Azucena Martín Sevilla, Licenciada en Biotecnología

*Cifras de la Organización Mundial de la Salud

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